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Goyo

Goyo era un hombre bueno, transitaba por la vida haciendo respetuosas relaciones con la gente. Desde chico fue un bebé que no lloraba pedir la mamadera o para que le cambien los pañales.
Desde su cuna ya era un manso.
En el colegio fue de los mejores de los alumnos. No se esforzó para ser escolta de la bandera. Para el no tenía importancia. No disputaba un milímetro de espacio a nadie. Siempre se amoldaba a todo con una simple sonrisa sintiéndose cómodo en el lugar que estuviera.
Desde la facultad de Corrientes vino con el título de Médico Psiquiátrica a su Ciudad Natal. Santiago no le recibió bien. Su tristeza de no poder trabajar duró como un año después de su regreso. Vino en condiciones de Ad. Honorem a Salud Mental del Hospital Independencia donde ya estaba como de Servicio. Su Capacidad de trabajo era envidiable. Como amigo o como profesional, si lo necesitaban, el siempre estaba.
Para ese entonces gobernaba la provincia un pariente suyo, que vaya a saber porqué razones se había peleado con toda su familia, de resultas de lo cual de labios del gobernante recibió la burla más inesperada: “¡Ya que sos veterinario andá a atender animales, pero no tengo trabajo para vos!
Aparentemente nada le hacía mella. Era hincha de Independiente en la Época que por y años no ganó una copa ni un campeonato.
Lo cargaban con River y Boca y las cargadas al final no tenían sentido porque los que terminaban molestándose eran los que iniciaban las chanzas.
Tenía la apariencia de un moro fino con los ojos profundos, al estilo Omar Sheriff sus bigotes poblados. Mientras todos corrían para pasar el semáforo en amarillo, el paraba a darle una pitada a su inseparable Chesterfield y una mirada a una minifalda que cruzaba la calle, son una sonrisa y un gesto de picardía cómplice que no pasaba de eso.
Siempre ligth. Sus setenta y cuatro kilos y su metro ochenta de altura le daban un aspecto saludable. Por eso, lo extraño de todo fue cuando se subió a la balanza en el hospital y descubrió que había bajado diez kilos. El mes siguiente subió a la misma balanza y pesaba 53 kilos, aunque, la ropa le quedaba igual y seguía usando el cinto en el mismo agujero de siempre.
Dos semanas después llegó a pesar 39 kilos y no notaba ninguna diferencia en las camisas. Cuando comprobó que pesaba 27 kilos se asustó.
La consulta con el medico corroboró que el peso seguía disminuyendo y no encontraban explicación. Las radiografías indicaban que no había osteoporosis, ni patología que aclarase la situación.
Se pensó en el SIDA pero el análisis de HIV dio negativo y el apetito era normal. Su sexualidad era la de todos los días, aunque su mujer le decía que lo encontraba más liviano.
Cuando jugaba al Paddle sentía que llegaba más fácilmente a las pelotas que iban contra la red y el peso ya estaba en los dieciocho kilos cuando la junta médica se formó y no llegó a ninguna conclusión importante.
Lo mismo que el personaje de El Leve Pedro, un día se pesó desnudo y la aguja de la balanza ni se movió. Se encontraron con la sorpresa que pesaba cero gramos. Se divertía viendo los rostros de los distintos médicos que aportaban sus balanzas y a ninguna de ellas las movía, salvo que tuviera puesto un par de zapatillas o un calzoncillo.

kilos
Era muy gracioso verlo caminar a los saltitos como los astronautas en la luna ya que ni la fuerza de gravedad de la tierra lograba retenerlo pegado al vuelo. Tuvo que aprender a caminar sin empujar demasiado sus pernas, las fuerzas de sus músculos era excesiva para su peso. Algo así como las motos que si acelera se paran en las ruedas posterior. Si Goyo salía de golpe quedaba en el aire haciendo willy y terminaba golpeándose en la pared.
Un día hizo una prueba después de terminar las tareas de la sala: hizo una experiencia en salto con garrocha digna de una película de Chaplin ya que cuando tomo un impulso y apoyo la garrocha en el suelo, salio disparado hacia la parte de los techos de atrás del hospital.
Desde mucho tiempo atrás era colombófilo y tenía las mejores palomas mensajeras del país con las que experimentaba cruzas, mejorando la sangre. Todas las tardes les habría las puertas y las veía volar mientras tomaba interminables mates cebados por su mujer. Era tierno con los animales enfermos. Era suave con sus palomas a quienes les hablaba. Siempre Light
La música de Vangelis o de Enya desde un casette acompañaba el vuelo de las palomas, las que se elevaban altas, muy altas y luego volvían a melodear la zona hasta que la llamaba.
Cristina fue la que lo vio un día ponerse en puntas de pie para mirar la bandada que se iba lejos y se dio cuenta que se despejo de la tierra hasta quedar apoyado en el techo que le quedo a la altura de la cintura.
Ella lo miraba y no savia si esa levitación, si era la ternura y la admiración que ella sentía por el o si era no mas que este hombre volaba.
Verlo en el techo sentado mirando sus palomas ya era una estampa de todos los días a pesar que subía sin escaleras.
Una tarde al mejor estilo buchon fue dando vueltas sobre los tejados hasta hacerlas entrar por la rampa y una semana después de eso dio una vueltas junto con las bandadas a seis metros del piso.
Casi sin darse cuenta se fue plegando a los vareos del atardecer, y planeaba sobre el barrio de su casa y del hospital acompañando a las azules, blancas y escamadas palomas. Los vecinos primero lo miraban pasar con asombro pero luego se fueron acostumbrando y lo saludaban sin temor.
Dejo su auto en la costanera, y como todos los mortales un día se murió, se elevó hacia el cielo y no volvió nunca más.
El Goyo era tan leve, tan bueno, tan puro que superando los niveles del infierno y del purgatorio enfiló hacia el paraíso donde San Pedro, que estaba sentado en una nube, tipo balcón, la vio venir y quizo darles los honores que le correspondían.
El tan leve personaje tampoco entró en el paraíso, porque, pasó de largo hasta el infinito, y nunca más nadie supo de él.


Dr. Néstor H. Noriega
Director
 
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